Introducción

Cuando me vine a Australia, hace algo más de 8 meses, no sabía exactamente cómo me iba a cambiar la experiencia de vivir en este país/continente. Anteriormente he estado trabajando fuera de España, con la inmensa suerte de conocer ciudades tan cautivadoras como Edimburgo o Florencia. En esos casos resultaba obvio contagiarse de la historia y la cultura de esas ciudades-monumentos. Sin embargo, Australia es un país aparentemente sin historia. Y digo aparentemente porque, aunque los actuales colonos (ingleses en su mayoría) llevan viviendo aquí escasos 200 años, los auténticos australianos (aborígenes) son los seres humanos vivos más antiguos conocidos. Finalmente, en mi experiencia a las antípodas he adivinado un cambio de estado. He pasado de sentirme valenciano, español, mediterráneo y europeo, para añadir una nueva capa de identidad: global.

 

Revoluciones populares.

Este nuevo estadio identitario, en el cual entiendo el propio globo terráqueo como mi propia casa, coincide en el tiempo con una etapa mundial muy convulsa, que precisamente aborda este tipo de cuestionamientos de identidad política, social y económica. Desde el año 2010 estamos asistiendo una revolución popular mundial, compuesta por una serie de concatenaciones de revoluciones particulares. La primavera árabe, el movimiento 15-M, la ascensión de Syriza, Cinque Stelle y Podemos, el Brexit, la proclamación presidencial de Trump, o la ascensión de Le Pen en Francia, entre otras. Aun cuando estas revoluciones no son homogéneas, ya que están formadas tanto por movimientos que provienen de bloques tradicionales de ultraderecha como de izquierda, sí que comparten el rechazo a las élites políticas vigentes. Por supuesto, sin compartir motivos ni objetivos, en muchos casos antagónicos. Por otra parte, este desafío a la élite política podría ampliarse hacia la élite educativa y cultural. La educación hoy en día es uno más de los productos económicos no universalmente accesibles. Existe el peligro de mal interpretar la educación como uno más de los elementos de esas élites de la globalización. Volveré a este punto más tarde.

 

Estado Nación Vs Globalización

Una de las confrontaciones básicas de este choque entre populismo y élites es la propuesta de la recuperación de las soberanías nacionales bajo los estados nación, enfrentada a esa dilución de la soberanía que ha producido la desregulación económica de la globalización. La vuelta atrás lleva consigo formas “antiguas” de hacer política en el mundo, basadas en las defensas de las fronteras y la acción geopolítica. No es difícil entender que uno de los elementos reguladores de las tensiones económicas en ese tipo de contexto son las guerras. Uno de los ejemplos más conocidos de la regulación económica y social que puede venir a través de una guerra fue la propuesta del estado de bienestar después de la segunda guerra mundial. Las guerras han sido mecanismos de regulación económica usados a lo largo de toda la historia. Hasta que llegó la globalización.

La globalización económica trajo la “paz”, en el sentido de que las potencias económicas ya no tendrían que usar la confrontación militar fría o caliente para regular su competición económica y la supremacía de su nación. Por supuesto esa “paz” estaba repleta de guerras secundarias o guerras camufladas, tanto en zonas geográficas de interés estratégico como de otras guerras económicas, generando múltiples desigualdades, precarizaciones, perdida de derechos o multitud de conflictos civiles o armados. En esa globalización el foco de poder es el propio capital, bajo un contexto totalmente desregulado. La formación de una plutocracia. A cambio de repartir algo más el trabajo en todo el mundo, los países, y por tanto la política nacional, han perdido su capacidad de control. No existen instituciones supranacionales que regulen la globalización económica, y debido a ello todos los trabajadores estamos abandonados a los intereses de los oligopolios internacionales.

 

Europa

Escribo este texto justo durante los comicios franceses que podrían dar como siguiente presidente de Francia a Le Pen (populista-ultra-derecha) o Macron (élites tradicionales). Ninguna de las opciones parece buena, y eso quizá signifique la estacada definitiva a la Unión Europea. Esa Unión Europea que muchos la hemos hecho nuestra con programas como el Erasmus, o viajando con billetes de Interrail. Quizá el propio caso de la Unión Europea sirva para entender una de las razones del choque entre élites y movimientos populares. El proyecto europeo de hacer un Estados Unidos de Europa ha fracasado en el nivel político. La eliminación de las fronteras ha funcionado más como un servicio para el movimiento económico, que como regulación política post-nacional (que no ha existido). En el fondo, hoy en día Europa está al servicio de una Alemania poderosa, qué en lugar de realizar una expansión militar para afianzar su hegemonía, ha desarrollado políticas de defensa de su economía para poder competir a nivel global. Europa al servicio de Alemania. Sin embargo, en esa acción Alemania exporta paro hacia su contexto más cercano. En el fondo, este procedimiento viene a ser otra forma de nacionalismo imperialista, bajo la dinámica de una guerra económica. El proyecto de un Estados Unidos de Europa nunca podría funcionar así.

 

Globalización fáctica.

Desde mi propio punto de vista, la vuelta a las fronteras y a los estados nación no tiene el más mínimo sentido. Hoy en día, a nivel fáctico, somos globales. Las tecnologías han expandido esa vieja idea de la aldea global hacía una más actualizada y real de aldea global electrónica. Viviendo en Australia uno puede hablar diariamente y en tiempo real con sus familiares y amigos. A través de internet se puede acceder a todo tipo de información, prensa y documentación. Uno puede seguir siendo español, accediendo a la cultura, gracias a la deslocalización de internet. Hay fronteras que han caído para siempre, y los nuevos desafíos tecnológicos que vienen consolidándose abren aún más este panorama. Si la idea primigenia del Estados Unidos de Europa es una idea actual zombie, la vuelta a los estados nación en el contexto tecnológico actual es directamente un engendro deforme. ¿Cómo vamos a regular una mundo tecnológico globalizado y globalizante a través de estados locales?

Pero la tecnología no es el único sector donde estamos globalizándonos. En realidad, cada vez viajamos más y más lejos. Por muchas y variadas razones cada vez es más frecuente que salgamos a vivir fuera de nuestros países de origen. Sídney es una de las capitales mundiales de la heterogeneidad, poblada por múltiples razas y etnias. En el fondo, aunque nuestras culturas sean tan diferentes unas de otras, paradójicamente somos todos bastante parecidos. Como señala Xurxo Mariño en una entrevista con motivo de la publicación de su libro “Tierra”, donde relata su viaje alrededor del mundo, la misma Tierra se hace cada vez más pequeña “porque ves que los seres humanos somos Homo sapiens en todas partes, por muy distintos que seamos ves que somos el mismo bicho, que responde igual ante una situación de alegría o miedo”.

Quizá exista un riesgo al dejar difuminar todas nuestras culturas bajo una cúpula global. Recuerdo como en el fantástico documental La Pelota Vasca de Julio Médem, Arnaldo Otegi aparecía entrevistado describiendo una futurística Euskal Herria “contaminada” por las culturas y las tecnologías anglosajonas. Sus gentes frecuentarían hamburgueserías, hablarían inglés y dejarían de pasear por el monte para conectarse a internet. Otegi sentenciaba que si eso sucediese no sería un lugar donde mereciera la pena vivir. Existe un miedo a perder nuestra identidad local en el momento de hacerse global. Una de las posibles soluciones para poder aceptar los cambios necesarios en nuestra identidad cuando nos hacemos globales, pero a la vez conservar nuestros rasgos identitarios previos, quizá venga de la mano de aprender a compartir la identidad. Existen muchos ejemplos de cómo hacerlo. Aquí mismo, en Sídney, me sorprendí al encontrarme con un catalán que estaba vendiendo alpargatas en los mercados de los sábados. Su objetivo era poner de moda este calzado tan particular de España en Australia, tanto como para incluso intentar desbancar a las famosas chanclas havaianas (todo un símbolo en Sídney). Desde un punto de vista más serio, podemos encontrarnos con, por ejemplo, la filmografía de Almodóvar. Es un ejemplo fantástico de entrelazamiento entre lo local y global. Una forma de exportar cultura, de compartirla, y por tanto de protegerla. Cómo Luz Rello, lingüística investigadora en nuevas tecnologías adaptadas a la dislexia, nos recordó en la propia entrevista que le realizamos en Piratas, el software Ubuntú nace de un comportamiento social en las Towships de Suráfrica, basado en la idea de la supervivencia asociada precisamente a compartir los recursos. En aquella ocasión Luz subrayaba: todo lo que no des, se pierde.

El desafío de incluir diferentes capas de identidad no creo que sea menor, pero esta idea de compartir puede ser un buen punto de inicio. La globalización económica tal como está formulada a día de hoy es claramente insostenible, ya que el único criterio de control es el de mayor beneficio económico. Las respuestas basadas en el retroceso hacia los estados nación, incompatibles con un mundo globalizado de facto, se basan en la inclusión de fronteras entre el “nosotros” y el “ellos”. Sin embargo, está claro que en este mundo interdependiente es imposible vivir sin “el otro”. Cuando Trump ataca a los inmigrantes, los ingleses aplauden el Brexit o el gobierno de Australia elimina las visas de empleo cualificado 457, saben perfectamente que son “arreglos florales” dirigidos a calmar las ansias de sus votantes. Ni Australia, ni Reino Unido ni USA podrían sustentarse sin el inmenso ingreso económico que genera la inmigración en su territorio. Los inmigrantes tienen la llave para hundir el país. Sólo tienen que irse.

 

Una alternativa

Entre el mundo del ayer, basado en los movimientos geopolíticos donde las tensiones socio-económicas se resolvían frecuentemente con conflictos militares, y el mundo de hoy, basado en una globalización desregulada, controlada únicamente por el beneficio económico, debe existir un punto intermedio. La situación ideal debería ser una globalización dirigida por eventos políticos que regulen la economía, alternativos a las guerras. A través de un “enemigo” real y común que nos permita ponernos a todos de acuerdo. En Hollywood, desde la ficción, se ha recurrido muchísimas veces a este tipo de solución. Frente a un ataque de alienígenas, toda la humanidad se pondría de acuerdo para poder detener el ataque. Los antiguos refriegues entre las distintas naciones quedarían olvidados, para juntar fuerzas y combatir a ese nuevo enemigo externo. Es una visión ficticia y naif, pero quizá no tan alejada de una situación real y actual: el cambio climático. Las discusiones sobre la existencia o no sobre el cambio climático han desaparecido. Es un efecto real producido por el ser humano. Está ampliamente demostrado científicamente. Si la humanidad no hace nada, nuestra propia existencia está en peligro. En realidad, al revés de lo que sucedía en esa imagen caricaturizada y naif de un ataque marciano, el caso del cambio climático, caso real y preocupante, se caracteriza porque el enemigo somos nosotros mismos. Podría existir una alternativa marcada por un cambio de paradigma. Un cambio de coordenadas. Podemos dejar de plantearnos la necesidad de transformar la economía para poder parar el efecto del cambio climático, para hacer justo lo contrario: usar el cambio climático como elemento de control de la economía global. Necesitamos eventos de transformación y control económicos globales alternativos a las guerras. Eso quiere decir que deben ser tan rotundos e imparables como una acción militar. En el momento en el que hemos entendido que el cambio climático nos aboca hacia nuestra propia extinción, este efecto es el parámetro último por el cual toda economía globalizada debe rendir cuentas.

Uno de los problemas para poder establecer esta correspondencia, o este límite superior, y por tanto parámetro de control de la economía, es su baja preocupación social. Quizá mucha gente aún no crea que el cambio climático es un efecto que pueda sentirse, pero los datos científicos son abrumadores e incontestables. En la comunidad científica no existen dudas. Y los científicos de profesión vienen alertando de la importancia de tomar acciones inmediatas. Parece que no hemos alcanzado el punto de no retorno. Aún estamos a tiempo, como bien explica nuestro amigo Andreu Escrivá.

Este tipo de solución podría estar vinculado con algunas de las utopías actuales, como por ejemplo el de la renta básica universal. Sin embargo, al contrario que sucede con esta última, que es una utopía de mínimos (dotar de una renta mínima por la cual una persona puede sobrevivir en una sociedad actual), esta solución plantearía una utopía de máximos (establecer una cuota máxima de los mecanismos económicos, i.e. los procesos económicos no pueden ignorar ni amplificar el cambio climático). Una utopía de mínimos corre el peligro de modular los extremos más bajos de la economía (generar una nueva regulación de la pobreza). Sin embargo, la utopía de máximos se dirige hacia el control de los procesos y las economías más influyentes y condicionantes. Controlar a las élites, que son precisamente las que dominan la desregulación económica.

 

El papel de la ciencia

En esa utopía de máximos, donde el cambio climático se erigiría como el indicador y validador de los mecanismos económicos globales, se necesitarían, por supuesto, agencias de validación. Pero, cualquier institución corre el peligro de ser controlada a voluntad para validar los intereses particulares de países, empresas o cualquier centro de poder. Sin embargo, ya existe una institución inmaterial cuyos principios de funcionamiento se adecúan perfectamente para funcionar como regulador de esta actividad: la propia investigación científica. Pudiendo extenderse hacia todos los agentes de investigación cultural (ciencia, humanidades, artes, …). El cambio climático se investiga a través de la propia ciencia. La ciencia es, por definición, una actividad que no tiene fronteras. Más allá de pretender generar un edificio de conocimiento objetivo, la ciencia tiene una particularidad muy interesante. El poder en ciencia viene de la mano de la explicación más científica, y no de cualquier otra fuente de poder, que, aunque también existen, en última instancia son menos importantes. Es lo que viene a condensar el lema de la Royal Society de Londres: Nullius in verba (“En la palabra de nadie”). Esta sociedad científica quería dejar patente su vocación de perseguir el conocimiento a través de experimentos, sin dejarse influir por las autoridades políticas o las creencias imperantes. Por eso, el prestigio en ciencia no viene de la mano del poder externo, sea cual sea su procedencia, sino de la mano de la mejor explicación y la mejor adecuación a los experimentos. Los galones, premios o el prestigio acumulado nunca asegurarán la validez de la siguiente propuesta. Por supuesto, todo esto enmarcado en un supuesto de ideal utópico. En la realidad, incluso la actividad científica contiene elementos complementarios de poder social.

 

La ciencia es popular

La ciencia es una forma de conocimiento universal, trans-cultural, globalizado, a-fronterizo, … Por tanto, en el conflicto entre globalización y repliegue nacional, la ciencia debería permanecer del lado de la globalización. O sea, de las élites. La globalización económica se ha construido con ladrillos tecnológicos, basados en la investigación científica. La ciencia de hoy, como la de ayer, ha estado al servicio del desarrollo económico. Y este, en sus últimos años globalizantes, ha desarrollado su potencia en base a la única ley del máximo beneficio. Por tanto, el desarrollo científico ha estado al servicio de estas élites económicas, produciendo criterios de demarcación de competencia de las propias empresas. La ciencia se ha usado para distinguir los productos y abrir nuevos nichos de mercado. No nos olvidemos que la ciencia necesita educación previa, y que esa educación ha sido también objeto de la desregulación incontrolada del mercado. Los precios del acceso a la educación han aumentado, hasta el punto de que en muchos países ese acceso queda totalmente restringido para las familias con alto poder adquisitivo. Por tanto, la investigación científica ha estado al servicio de las élites globales. Las mismas que los movimientos populares de hoy intentan combatir.

Pero, entonces, las marchas por la ciencia que se han desarrollado este abril por todo el mundo ¿son marchas de las propias élites o son respuestas populares? Quizá respondan a los dos fenómenos. La investigación científica, como cultura global, pretende compartir el conocimiento en aras de alcanzar mejores y mayores cuotas de entendimiento. Se apoya en la colaboración, y necesita de la acción político-económica para su desarrollo. Pero, por otro lado, la ciencia necesita abrir los canales de acceso a la educación. El elitismo educativo basado en el beneficio económico no ayuda al desarrollo científico. Como explica implícitamente el propio lema de la Royal Society, en ciencia no importa de dónde vienes ni quién eres si tienes una idea interesante que proponer. El acceso universal y popular a la educación es, en ese sentido, científico. Michael Faraday representa un ejemplo mítico. Autodidacta, accedió al conocimiento científico a través de lecturas en su trabajo como encuadernador, para, años después, cambiar toda la ciencia de su época. Nos podemos hacer entonces la pregunta ¿Cuántos Michael Faraday estamos dejando en la cuneta, sin descubrirlos, con este sistema educativo? El acceso a la ciencia es un derecho del ciudadano, puesto que la ciencia es propiedad de toda la humanidad. O cómo ha expresado Javier Sánchez Verona, organizador de la marcha por la ciencia de Sevilla, “Animamos a toda la ciudadanía a que apoye las marchas por la ciencia, porque la ciencia no es una cuestión sólo de los científicos, sino de la sociedad entera”.

En el contexto de los movimientos populares, existen conatos de alzamientos contra las élites educativas/científicas/culturales, como es el ejemplo del movimiento de los defensores de la planitud de la tierra. Aunque es una propuesta tan estrafalaria que puede parecer incluso inofensiva, o simplemente necia, puede esconder ese descontento generalizado que existe hoy en día contra las élites. En este caso educativas. No existe ninguna duda científica para dejar de afirmar con toda precisión, y habría que incluir con toda belleza, que la tierra es esférica, esté más o menos achatada por los polos. Pero, más que un problema científico, esta reacción puede estar asociada con un problema social. Si las élites nos controlan y nos engañan, pueden incluso hacerlo con lo más evidente. Y las élites son el enemigo. Los movimientos populares que tratan de atacar a las élites se equivocan al posicionar a la educación cómo una élite, puesto que la élite es económica. La educación, como sucede con la ciencia, es un bien que debería ser común. La investigación, como heredera de la educación y como parte de la cultura es parte de ese bien común inmaterial. Por eso mismo, quizá las marchas por la ciencia se deben entender como marchas populares. Y quizá por eso mismo también deberían haberse llamado marchas por la educación y la cultura.

Desde Australia, a más de 17.000 Km de mi ciudad natal, gracias a la potencia de las nuevas tecnologías sigo colaborando intensamente con Piratas de la Ciencia, una asociación cultural independiente, que trabaja por la inclusión de la ciencia dentro de un contexto global, heterogéneo, interrelacionado y ciudadano. La investigación académica que muchos de nosotros realizamos en universidades y centros de investigación se entrelaza con nuestra participación activa dentro de los espacios de las ciudades para fomentar un contacto cultural plural. Pero también para tener acceso nosotros mismos a otras formas de expresión y de conocimiento. La ciencia no es una actividad para las élites, es un mecanismo que tenemos para poder entender y transformar problemas globales de enorme repercusión, como por ejemplo el cambio climático. Un efecto que podría estar relacionado con las políticas de transformación de la economía mundial. Dos problemas que son de todos nosotros.