Detalle de la hoja de Ginkgo biloba. Autor: H. Zell – Own work, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=11669424

Árboles. Aunque cada vez quedan menos, todavía hay demasiados como para que nos llamen la atención. Los vemos a diario; altos, bajos, anchos, espigados, retorcidos, rectos. Apenas un tronco y unas hojas que justificamos porque adornan, dan fruto o porque transforman el dióxido de carbono en oxígeno, manteniéndonos vivos -aunque para caer en esto necesitamos  pensar un poco más-.

Pero no es la actitud suicida de la humanidad en el proceso de deforestación la que quisiera abordar hoy. Es otra, más sutil, por subyacente, pero más peligrosa. Esa que nos lleva a ir por la vida sin reparar en nada, ni tan siquiera en la vida misma. Porque eso son los árboles, historias singulares de vida, relatos únicos de supervivencia expuestos antes nuestros ojos, abiertos a quien quiera leerlos.

Y en cuanto a supervivencia, Ginkgo biloba es un árbol único. Es una excepción en sí mismo: pertenece a una clase (una de las categorías taxonómicas), las Ginkgópsidas, que tuvo su apogeo en el Mesozoico, hace más de 145 millones de años -los primeros homínidos, por tener una referencia, se remontan a tan sólo 7 millones de años atrás-. Poco a poco sus parientes cercanos se fueron extinguiendo (sabemos de ellos por los registros fósiles) hasta que sólo quedó él. Desde entonces no ha evolucionado, pero tampoco se ha extinguido, y es por esto que se le considera un fósil viviente.

Categorías taxonómicas. Autor: User:RoRo – Trabajo propio, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=1519825

Es una espermatofita gimnosperma, (sperma = semilla, phyton = planta, gymnos = desnudo) o planta de semilla desnuda, como lo son también las coníferas –clase Coniferopsida-, entre las que encontramos los pinos (orden Pinaceae) o los cipreses (orden Cupressaceae), que nos resultan más familiares. Gingko biloba, sin embargo, es el único miembro vivo de su especie, familia (Ginkgoaceae), orden (Ginkgoales) y clase. Sus hojas, muy características, tienen forma de abanico, con dos lóbulos y un largo peciolo. De hecho su nombre parece provenir de la palabra japonesa “icho”, que a su vez deriva de una palabra china (país del que procede) que significa “pata de pato”. También se conoce como “árbol de los cuarenta escudos”, por el precio que pagó un aficionado francés en el s. XVIII a un horticultor inglés al principio de su introducción en Europa. Porque sí, ése es otro aspecto peculiar del Gingko. Gracias al hombre, que durante los últimos siglos lo ha cultivado para emplearlo en jardines (inicialmente en China y Japón) no sólo se ha mantenido en su pequeño reducto oriental, sino que se ha expandido por todo el mundo. Y, pese a que aún se considera una especie amenazada, no es difícil verlo en las ciudades; tanto en jardines botánicos, como los de Valencia o Madrid, donde hay ejemplares monumentales, como en parques, jardines o calles, donde se planta por su original aspecto y por el espectacular tono amarillo de sus hojas en otoño. Son además árboles muy resistentes, que se desarrollan bien en ambientes estresantes y contaminados, lo que los hace perfectos para las ciudades.

Ginkgo biloba a orillas del río Arlanzón, frente al Complejo de la Evolución Humana, en Burgos, a 14 de marzo de 2017.

Y no podría ser de otra manera; un ser vivo que ha permanecido tanto tiempo en la Tierra sin evolucionar, tiene que ser, necesariamente, muy resistente. Hasta tal punto es así que el Gingko fue uno de los pocos seres vivos que sobrevivió a las bombas nucleares de la segunda guerra mundial. Seis de estos árboles, situados en un radio de entre 1 y 2 km del lugar de la explosión atómica en Hiroshima, aunque se carbonizaron, rebrotaron y siguen vivos hoy en día, reconocidos como “Hibakujumoku” (del japonés, hibaku –bombardeado-, y jumoku –árboles, madera).

Del Ginkgo se aprovechan las hojas, cuyo extracto se ha utilizado durante varios cientos de años en la medicina tradicional china; es rico en glicósidos flavonoides -las sustancias responsables de la coloración amarilla en otoño- eficaces sobre todo contra insuficiencias circulatorias por sus propiedades vasoprotectoras y vasodilatadoras. Estas mismas propiedades han resultado beneficiosas en el tratamiento de enfermedades neurológicas como el Alzheimer y el Parkinson (en modelos animales), la ansiedad, la depresión y las migrañas. Su fruto, presente sólo en los ejemplares hembra -Ginkgo es una especie dioica-, es apreciado en Asia, aunque desprende un olor desagradable cuando madura.

Ejemplar en Radziejowice, Polonia, en otoño.
Autor:
2.5, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=393159

Puede que lo más parecido a encontrarte un dinosaurio vivo al girar una esquina sea toparte con un Ginkgo. Y, por una vez gracias a la acción del hombre, te puede ocurrir. Si te cruzas con alguno aprovecha para felicitarle, la suya es una historia que lo merece. Y si de paso quieres compartir con nosotros una foto de tu encuentro, no lo dudes, estaremos encantados de coleccionar esos momentos tan especiales.

Agradecimientos:

A Clara, por descubrirme a Ginkgo.

Referencias:

Jesús Izco “Botánica” (2ª Ed) McGraw-Hill, Madrid,  2015.

Akhlaq A. Farooqui “Phytochemicals, signal transduction, and neurological disorders”  Springer, Nueva York, 2012.